Ella es Janis, un pedazo de nuestro corazón

Janis el icono. La niña nacida en la América profunda. La naturaleza desbordante. La feminista. La mujer inteligente, lectora empedernida y cantante de talento indiscutible. La persona que, como sucedió a tantas en los años sesenta, cayó en la heroína y el alcohol. Una vida intensa zanjada a los 27 años. Un enorme pedazo de historia de la cultura estadounidense. Todo eso fue la eterna Janis Joplin, quien si tuviera vida hoy cumpliría 74 años.

Hablar de Janis no es fácil, no solo por la amplia gama de matices que presenta el personaje, sino por la ingente cantidad de material que hay sobre su vida. Y es que hoy se pueden rescatar cerca de 22 biografías escritas en inglés y 16 en otros idiomas. La abundancia nos da una idea de la cantidad de personas cercanas a la artista –críticos musicales, colegas de banda y de carretera, amantes, amigos, su hermana y hasta un forense– que han seguido exprimiendo el mito para hacer negocio. La sensación es la de una violación de la que todos somos cómplices.

En cuanto al material fílmico, solo se ha rodado una película de ficción, La Rosa, donde Bette Midler hizo una interpretación magistral. Afortunadamente también existen numerosos documentales que nos muestran, a través de entrevistas, grabaciones en estudio y actuaciones en directo, un perfil bastante aproximado de la cantante y del icono que ella misma creó. De todos ellos, y aunque la mayoría se sirvan de las mismas escenas, el más completo es Janis, The Way She Were, dirigido por Howard Alk en 1974. Es remarcable que, de todas las secuencias que hoy podemos disfrutar, no se puede extraer la imagen de una víctima o un alma atormentada. Al contrario, es difícil encontrar una Janis llorosa o desvaída; lo que predomina es la fuerza vital, la intensidad y, eso sí, una desnudez emocional casi obscena (decía Mick Jagger que “no hay mucha diferencia entre hacer striptease y ser músico de rock and roll”). Incluso cuando Janis exhibe su natural temperamento melancólico, lo hace siempre con una sonrisa y a veces con una carcajada más transgresora que sarcástica.

Ella es Janis

Para entender el fenómeno Janis es necesario situarse en los años cincuenta y en la América profunda; en el Estado de Texas, concretamente en Port Arthur, donde el petróleo sustentaba el estilo de vida americano, y donde la segregación era incontrovertible.

Ahí nació y creció Janis, que habría sido una adorable maestra de escuela de no ser porque, al llegar la adolescencia y experimentar los cambios inherentes a ella, empezó a ser víctima de lo que hoy conocemos como acoso escolar: eso que nos cuentan en las películas de Hollywood, donde una chica no es nadie si no forma parte del club de porristas.

Así que Janis se acostumbró a circular por su ciudad siendo señalada por todo el mundo, en lo que supuso un entrenamiento para lo que vendría después. Su negativa a mostrar la imagen que de ella reclamaba su entorno y su desaliño no exento de elegancia venían refrendados por la convicción de que la vestimenta, al fin y al cabo, solo es útil para cubrirse, y basta. Con ello, prefiguraba la demolición de la feminidad asociada a las chicas de peluquería y maquillaje, algo de lo que haría bandera después el movimiento feminista. Janis, que exhibía un feminismo más vital que ideológico, ya iba sin brasier antes que otras lo gritaran en público.

Soledad y adicciones

Es cierto que algunas mujeres han alimentado con fervor el mito de la fragilidad de Janis; a la mayoría de los hombres, las chicas como ella sencillamente les dan miedo. Y una sensación semejante. Peligrosa, arriesgada, aterradora. Es lo que recuerdan de ella otras mujeres del rock cuando la veían actuar.

Y puestos a llegar a lugares comunes, viene siendo ya hora de desmontar la idea de que Janis era lesbiana. Simplemente disfrutaba de una sexualidad intensa que no necesitaba definir, sino ejercer con unos y otras. En cuanto a sus relaciones con los hombres, ella expresaba en público y sin pudor que son “la zanahoria que le ponen al burro para que ande”. Su vida sentimental era tan desastrosa como cabía esperar de una mujer de su tiempo y con sus convicciones. Si las vidas familiar y profesional son difícilmente conciliables para las mujeres de hoy, la posibilidad de que un hombre compartiera vida y carretera con una estrella del rock era entonces bastante remota. Por eso probablemente no es de extrañar que Janis se planteara en alguna ocasión volver al redil de Port Arthur y dejar de ser ella misma.

En su ansiedad, Janis estaba tan enganchada al escenario como a cualquier otra de las drogas comunes; necesitaba la conexión con el público constantemente, como si tuviera en su alma un pozo, un enorme agujero, difícil de colmar: “En el escenario hago el amor con 25.000 personas, y después me voy a la cama sola”, decía.

Parecer ser esta la raíz de muchas adicciones. Janis empezó a abusar de la heroína para compensar la bajada después del concierto. Cuando quiso dejarlo, tuvo que equilibrar esa desintoxicación con la bebida: solo entonces se dio cuenta de que era alcohólica.

La voz y el estilo

Janis era una mujer inteligente, lectora voraz, y con un talento indiscutible. Tal vez el talento se hace patente cuando el que lo posee se da cuenta de que no sabe o no puede hacer otra cosa; y ella lo supo al instante. Si bien en sus inicios se sentía cómoda en el folk, enseguida empezó a imitar la voz de algunas vocalistas de blues, como Odetta, incorporando sus registros vocales. En cualquier caso, siempre siguió siendo fiel a las raíces de la música popular de su tierra: sus mayores éxitos fueron versiones de clásicos americanos. “Summertime” de Gershwin; “Ball & Chain” de Big Mama Thornton; “Piece Of My Heart” de Erma Franklin cocinados con la misma receta, desmenuzando los temas para recomponerlos haciéndolos propios.

Su voz camaleónica era paradigma de su propia personalidad. No solo utilizaba dos registros perfectamente identificables, sino que, en vivo, los acompañaba con la interpretación de la chica buena y chica mala que ambos sugerían. En los conciertos puede observarse cómo se sirve a veces de un monólogo que lanza al público para cambiar de uno a otro. Esto, además de una estrategia muy astuta, era fruto de sus propias contradicciones vitales.

En vivo, no se encuentran dos interpretaciones iguales; en el estudio, la más reciente entrega discográfica, del año 2012 y que recoge las sesiones de grabación de Pearl, nos revela en cada toma una versión distinta del mismo tema.

La carrera musical de Janis estuvo sometida a altibajos, siendo su primer periodo, con la Big Brother & The Holding Co. el más auténtico, y el último, con la Full Tilt Boggie, el más comercial. En plena cresta de la ola, Janis quiso darse una fiesta privada, pero la heroína que le pasaron era demasiado pura. No fue una sobredosis: ese mismo fin de semana hubo al menos seis víctimas del mismo producto que ella se inyectó. Y con este accidente, Janis pasó a engrosar la lista de cadáveres exquisitos con solo 27 años.

Janis tendría hoy 74 años. En clave de ficción, de haber seguido respirando el aire contaminado de Port Arthur, quizá ya habría muerto de cáncer. Pero de seguir viva, quizá la encontraríamos igual. Por eso, a pesar de lo que nos hemos perdido de su voz y su talento, me quedo con el cadáver exquisito.

Vía: El país.com, vanityfair.es

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