Cambios extraños que hay en mi, o señales de que la juventud no es eterna

Aquí te dejamos alguna señales que indican que ya no eres un niño o un adolescente, de que la vejez no es un mito, y de cómo superar este cambio hacia la adultez

Un día te despiertas, te ves al espejo, y te encuentras con un extraño frente a ti. “¿Dónde ha quedado ese guapo muchachote?”, te preguntas mientras te peinas y te ves las arruga y las entradas de la frente, que armónicamente se acompañan para fastidiarte.

Ese muchachote que las tías acosaban piropeando en las reuniones familiares. El “nene” o el “consentido”, le decían.

“¿Qué ha cambiado?”, te preguntas, de nuevo. Cual quinceañera, empiezas a sentir, de nuevo, los efectos de las hormonas en tu cuerpo.

Ahí tienen, señoras y señores, a otra víctima de la edad, a la versión masculina de esta revolución hormonal, a la que el cuerpo le cambia día con día, y que ya tuvo muchas aventuras de la vida. *Suena la canción de Quinceañera.

Difícil de aceptar, es cierto. Pero, más allá de la exageración, ¿qué ha cambiado realmente?

Empecemos por la condición física. No está de más decir que ya no eres el chavito de 18 que salía intacto de un maratón Guadalupe-Reyes . O ese mocoso que después de un resfriado de ocho cubas y seis cervezas estaba listo al día siguiente para salir a echar la reta con sus cuates.

De las desveladas ni se hable. Si antes el alcohol te prendía, ahora tres copitas y a dormir en el sillón del antro. Y si de prender se trata, ¿dónde quedó ese muchacho precoz, que picaba flor en todos lados?

Las locuras también se acabaron. Ya no tomas riesgos (hacer pen… dejadas, le dicen en mi pueblo) como antes. Sólo Dios sabe cómo llegaste a la edad que tienes sin una pierna amputada, sin estar tuerto, y con un par de riñones.

Eso sí, la experiencia nadie te la quita. Ahora eres un viejo lobo de mar, un zorro astuto que no se deja “chamaquear” por cualquiera… bueno, excepto por la fémina por la que estás encu… clillas desde la adolescencia.

“Disculpe, señor”, dos palabra que resuenan con fuerte eco en tu cabeza. “¿Señor? ¿Yo?”. Así es. ¿O creías que los señores son sólo aquellos que usan mostacho a la Revolución Mexicana style?

A todo esto, ¿la edad es una razón para resignarse, para dejar de ser picarón, para reservarse, conservarse y meterse al viejo armario polvoriento, lleno de abrigos de tu abuelo?

No lo creo. La complacencia tiene muchas formas, y la edad es una de ellas. En parte, es sólo otra forma de justificar la apatía, el resentimiento y la falta de ganas. La vida se tiene todavía, y hay que aprovecharla, claro, no sin antes hacer un cambio de aceite para alto kilometraje.

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