¿Ser caballero es ser machista?

A continuación, te damos buenas razones de porqué ser caballero no es ser machista, y de porqué vale la pena recuperar la caballerosidad

Hasta hace algunas décadas, sino es que menos, la caballerosidad era desenvuelta como una práctica de sentido común, abiertamente aceptable y deseable.

Nuestros padres y nuestros abuelos aprendieron la importancia de la atención y del cuidado no solamente con las mujeres, sino con la sociedad en general.

Para muchas familias, en pocas palabras, se convirtió en una máxima moral a seguir.

Con la llegada de la última ola del feminismo, las actitudes caballerescas empezaron a considerarse machistas.

¿La razón? Parten del supuesto de que el trato sutil, atento y amable con una mujer se debe a una infravaloración con respecto al hombre: ya sea que es más débil, menos inteligente, o simplemente menos capaz.

Este argumento resulta bastante pobre, ya que, para empezar, el origen mismo de la caballerosidad no se encuentra encasillado al trato con la mujer, sino a una forma de ser en la sociedad (en aquel entonces feudal).

Eso sí, hay prácticas absurdas y ridículas como aquella anecdótica y de película en donde el hombre lanza su chaqueta para que la mujer no pise un charco, o no pase por el lodo.

Es probable que con el tiempo las prácticas de caballerosidad se fueran enfocando más al trato con la mujer como una forma de cortejo, lo que hizo que se fuera perdiendo su sentido general.

El segundo problema con la afirmación feminista, es que le atribuyen una intención o un sentido premeditado a las acciones de los hombres.

Este tipo de gestos, hasta hace algún tiempo, eran casi automáticos, sobre todo porque hacían las cosas funcionar bastante bien, y formaban parte del sentido común. Inclusive, hasta la fecha, muchas mujeres los disfrutan.

En realidad, lo verdaderamente machista o sexista está en suponer que la caballerosidad es una práctica que sólo le concierne, o sólo pueden hacer los hombres, cuando no es así.

Lo importante, después de todo, es no perder de vista lo que implica ser un caballero: una persona con tacto, atenta y cuidadosa con los demás.

Y si se trata de una mujer que nos agrada, qué mejor que dar una buena impresión, una que a cualquier persona en este mundo (excepto a los sociópatas) le gustaría recibir del otro.

Eso no significa caer en ridículos al punto de hacer a la mujer a un lado, o borrarla por completo, por ejemplo, no dejándola hablar, o atosigándola con cuidados como si fuera una enferma o discapacitada.

Por cierto, es aquí cuando las cosas se pueden “voltear”: el exceso de atención a la mujer puede resultar en el opuesto que las feministas tanto reclaman: una especie de esclavitud, pero del hombre hacia la mujer.

Hay que encontrar el punto medio, y recuperar la esencia del caballero. El reconocimiento con los otros, y por lo tanto, la conquista con las mujeres, están en los detalles puntuales, desde ver a los ojos o sonreir, hasta no ser indiferente y malagradecido.

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